La oración más allá de la epidemia

La Peste Negra, que devastó toda Europa y acabó con un tercio de su población, llevó a los fieles a clamar a la Madre de Nuestro Señor para que los protegiera en un momento en que el tiempo presente y la muerte eran casi uno”. Fulton J. Sheen

Cristian Díaz Yepes. LA RAZÓN 4-04-2020

Una epidemia en el pasado nos dejó una de las más sentidas oraciones del cristiano: el Avemaría. ¿Qué nos enseña esto y cómo podemos sacar hoy su mayor fruto?

Así como Cristo enseñó en su vida pública la oración de los hijos de Dios, el Padrenuestro, también el Espíritu Santo nos ha enseñado a través del tiempo la oración a quien él nos dejó como Madre, la Santísima Virgen. Y lo ha hecho como todas sus acciones en la historia: mediante un crecimiento de la comprensión que nos adentra cada vez más profundamente en sus misterios. Porque ya lo dijo el mismo Cristo: el Espíritu Santo os irá guiando hasta la plenitud de la verdad (Juan 16, 13). Verdad que ya se ha dado totalmente en sí mismo, en su muerte y resurrección. Ahora somos nosotros quienes debemos crecer en la acogida y respuesta que le damos. Dentro de ese gran proceso, Dios nos muestra cómo nos acompaña la que es su madre y también la nuestra.

Los pasos que nos ha ido marcando el Espíritu Santo para invocar a la Virgen son como los tres movimientos de un concierto que canta la alabanza a Dios y a su obrar en quien ama. El primero, que repite la salutación del Ángel, expresa lo que Él mismo dice de la Virgen: ¡Alégrate, llena-de-gracia, el Señor está contigo! (Lucas 1, 28). Aquí hay tanto un saludo como una denominación y la confirmación de una verdad. Saludo de alegría y cumplimiento de todos los anhelos del ser humano. Luego un calificativo único que destaca a María como primicia de la nueva humanidad: ella está llena de la presencia y acción del Altísimo.

Al canto de Dios sobre María, le sigue el segundo movimiento del concierto: lo que dicen sus contemporáneos sobre ella. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (Lucas 1, 43). Estas palabras de su prima Isabel al recibir su visitación expresan el estupor y la gratitud de quien reconoce en la doncella de Nazaret una presencia única sobre la tierra. Distinción que le seguirá tributando el coro de sus hijos a través de los tiempos.

Finalmente, el tercer movimiento del concierto: una súplica que elevan estos hijos en un momento de universal terror y dolor. Porque fue a mediados del siglo XIV, cuando los cristianos se vieron asolados por la Peste Negra, que añadieron a las dos primeras partes del Avemaría la súplica final con que hasta hoy lo rezamos. Ante todo, confirmaron el primer dogma mariano, del año 431. María, como madre de Jesucristo, es enteramente la Madre de Dios. A este reconocimiento se agrega la confesión de nuestra propia necesidad: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Así se compuso el Avemaría como la sencilla oración que reúne las grandes afirmaciones que tanto Dios, como quien la conoció personalmente y los creyentes en general hacemos sobre la Virgen Madre. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Sí, justo esos dos momentos a los que cada persona debe estar especialmente atenta: el presente y el destino terreno del que nadie puede sustraerse y para el cual todos hemos de prepararnos. Porque existe una intuición cierta de la fe: la Virgen puede y quiere acompañarnos especialmente en los tiempos de dolor e incertidumbre. Estos bien pueden ser ocasión para volver a lo esencial de la vida, centrándonos en el presente y proyectando nuestra existencia con sentido de eternidad. Que tanto hoy como al final de nuestros días nuestro canto a María se una al mismo que ella elevó: mi alma engrandece al Señor… porque ha hecho grandes cosas en mí el que todo lo puede (Lucas 1, 46. 49). La Semana Mayor que ahora comenzamos es la ocasión providencial para afinar la parte que nos toca en esta sinfonía que une el cielo y la tierra.

IR A LA RAZON

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Scroll Up