El nuevo alumbramiento

Tu hijo resucitó y ¿quién te lo anunció, María? ¿Vino otro ángel? Porque después que te dejó el primero, parece que no volvió ningún otro. ¿Cómo fue el encuentro que ya esperarías, pues no podía ser la muerte más fuerte que el “hágase” del Creador que bien supiste hacer tuyo?

Cristian Díaz Yepes. LA RAZÓN 16-04-2020

Virgen Madre, quiso Dios que aprendieras a escucharlo como hombre; primero en ti, en tu corazón lleno de Él y a Él del todo entregado. Entre exilios, noches de desierto y pérdidas de tu propio hijo y propio Dios, Él te había acostumbrado a ser mujer de silencio, confianza y espera. Aprendiste así que no hay vacío de ti misma que Dios no colme, ni ausencia que no pueda henchirse de esperanza. Por eso, entre la cruz y Pentecostés el evangelio no nos dice qué pasó contigo. Prefiere Dios velarlo en una intimidad en que nosotros somos engendrados de nuevo.

Lo que sí nos ha dicho el evangelio ha sido el primer anuncio que recibiste, tan divino como el saludo angélico y tan humano como tu pregunta: “¿cómo será eso posible…?”. ¿Cómo es posible que lo humano dé espacio al mismo Dios y así se haga verdadera humanidad? “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lucas, 1, 34), fue toda la respuesta. Por eso pensamos que en la Pascua no habrá sido distinto. El Espíritu, habituado a morar en ti y desde ti engrandecerse, te habrá mostrado a tu hijo resucitado como lo más real y por eso mismo más cargado de misterio. Tú le seguirías haciendo nacer y crecer en los hijos que te entregó desde su cruz. Y así esa palabra que un día se hizo en ti carne inmaculada, ahora se hace carne redimida, pan partido y perdón por los caminos del ancho mundo y del tiempo.

María del encuentro, el silencio sobre el encuentro con tu hijo resucitado nos enseña a hacer silencio también nosotros. Porque nuestra propia humanidad está cargada de su presencia. Nuestros desiertos y pérdidas, llamados a la esperanza. Y nuestra pregunta: “¿cómo será esto posible?” se abre al Espíritu que levanta lo caído y cura lo enfermo. Desde allí salimos, paso a paso en nuestro andar, donde le encontramos como prójimo. Entonces toda incredulidad y desconcierto se iluminan al reconocerle tan dentro como para colmarnos y tan próximo como para unirnos en un nuevo alumbramiento

 

 

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